MONONA, o la reivindicación de la femineidad en tiempos del pantalón

Todo comenzó en las tardes que pasaba hojeando enciclopedias en casa de mi abuela Flora. Me gustaba leer sobre geografía, ciencia y, sobre todo, historia. Pero lo mejor de aquellos tomos fantásticos de lomos multicolor guardados en la vitrina de cristal, eran las ilustraciones. Y de todas, mis favoritas, eran las de los trajes de otras épocas y otras culturas.

Allí comenzó este amor por la vestimenta y los textiles que me han traído hasta hoy definiendo un estilo al que llamo Monona.

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Hojeando la Enciclopedia Estudiantil aprendí que las mujeres siempre, en todas las épocas pasadas, y no importando en que lugar de la tierra habitásemos, usamos vestidos y faldas. Me derretía viendo a mis congéneres griegas, egipcias, flamencas o francesas envueltas en metros de tela en forma de vaporosos atuendos imperio, túnicas, faldas con cintura ceñida y amplio vuelo… Muchos estilos, colores y cortes, pero nunca encontré una sola en pantalón.

Años después, me trasladé a la gran capital a estudiar arte dramático, e hice otro descubrimiento fantástico: las tiendas vintage y de segunda mano. La primera vez que aterricé en una bodega enorme del Ejército de Salvación creí que había entrado al paraíso. ¡Todo ese universo de telas y encajes con el que soñaba de niña podía hacerse realidad! Y entre compra y compra para vestir a los personajes de mis ejercicios en la escuela, iba nutriendo mi guardarropa de faldas, abrigos, bolsas y collares.

Comencé a experimentar con la vestimenta, a combinar cosas que estaba de moda con estos hallazgos. Y en cada regreso a mi ciudad, asaltaba el ropero de mi abuela. Al principio me sentía un poco rara. Creo que muchas conocemos esa sensación de lucha interna entre la moda, en el vestir o el pensar, y nuestro propio estilo. Queremos encajar pero a la vez ser nosotras mismas. Pensamos en la vestimenta adecuada para el tipo de ocasión, y para decidir nos basamos en parámetros ajenos. Claro, a ninguna mujer nos gusta sentirnos ridículas.

Y así, navegando entre la inseguridad y el atrevimiento, pasó más de una década. Hubo épocas en las que renegué por completo de los jeans, otras en que sólo usaba faldas y collares gigantescos, otras en que daba y tomaba tantas clases de teatro y danza que me la vivía en pants. Pero todas teñidas por esta idea romántica acerca del vestir que no terminaba de cuajar ni de volverse un estilo personal.

Una nebulosa pues, en la que sabía que el asunto me fascinaba y que eventualmente en el futuro me gustaría darle un espacio en mi vida, pero no me parecía que esto pudiera convertirse en una ocupación, un trabajo, un proyecto.

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Hasta que un día, terminé de juntar todo el valor que me quedaba por reunir y decidí emprender esto que hoy se llama Monona, una marca de ropa, complementos y accesorios creados a partir de textiles reutilizados, que recupero de prendas en desuso en buen estado.

A partir de ese momento, no sólo mi vida se re definió y re significó por completo, sino que también me atreví a transmitir a mi estilo personal y a mis diseños todo ese bagaje que me viene acompañando desde niña. Y, como básicamente eso es lo que hago (¡y porque me encantan!!!) comencé a vestir casi exclusivamente de vestidos y faldas.

Y toda esta historia viene a cuento de la idea que quiero transmitir y de un descubrimiento que hice en el uso de estas prendas y la observación derivada de mi tarea de diseñar ropa para mujer: en general, las faldas nos favorecen mucho más que los pantalones. Su soltura, ligereza, comodidad y, sobre todo, femineidad.

Entiendo perfectamente que este último concepto, la femineidad, se ha transformado drásticamente en las últimas décadas. No me mal entiendas, no estoy haciendo una apología del cliché femenino, sino más bien reivindicando esta prenda que, con todos estos cambios de la mujer y sus roles e identidad, ha perdido bastante lugar. Sobre todo para no dejarnos envolver en nuevo cliché: la mujer contemporánea, la mujer emancipada e independiente, la mujer exitosa, es masculina, no usa falda.

¿Por qué amo tanto las faldas? Permiten libertad y amplitud de movimientos porque no aprietan, no ajustan. Esto la hace muchísimo más cómoda, sobre todo en los días en que todas nos sentimos inflamas y no queremos que nada se marque demasiado. Es fresca en verano. En invierno se ve fabulosa con la amplia y hermosa gama de medias que existen hoy en día. La falda cubre sutilmente, envuelve y acaricia con sus aleteos; en oposición a la descarada (y generalmente poco favorecedora) exhibición de un pantalón.

Por supuesto, hay tipos de faldas para todo tipos de cuerpo. Hay a quienes no les gusta mostrar las rodillas, o quienes se sienten incómodas con un resorte a la cintura. En general, pienso que el largo midi (que puede ir desde la rodilla hasta la mitad de la espinilla) es el más favorecedor para casi todas.

Hablando con tanta cantidad de mujeres como lo hago, me he dado cuenta de que a todas nos gustan las faldas y los vestidos, pero muchas pensamos que no son para nosotras por una gran cantidad de motivos.

Y es que hay muchos mitos acerca de las faldas entre las mujeres de hoy: que si tienes mucha cadera no te quedan bien las faldas circulares, que si no tienes “buen cuerpo” no deberías usarlas porque te exhibes mucho (lo entrecomillo porque esta también es una idea que nos imponen los medios y el exterior, y yo creo que todo cuerpo es bueno desde el momento en que nos permite tener esta experiencia llamada vida, y que sólo por eso merece todo nuestro amor y cuidado, incluyendo cómo lo vestimos), que si eres chaparrita no deberías usar faldas por debajo de la rodilla, que si tienes niños o una vida con mucha actividad es incómodo usarlas, que además te expones a más miradas incómodas o tal vez a otras cosas más violentas que las miradas…

Estos últimos puntos merecen mucha reflexión y profundización para no banalizarlos ni restarles la importancia que tienen. Mi interés en este artículo es centrarme únicamente en la inseguridad desde el punto de vista estético. Y, en este sentido, puedo decir que los mitos eso son: mitos, leyendas, creencias que adoptamos sin cuestionarnos, y que vale la pena romperlos, atreverse a experimentar para lograr un estilo personal que nos refleje. La ganancia será la satisfacción y seguridad que nos proporciona el ser auténticas, la comodidad de ser nosotras mismas.

Esta es mi invitación: dejar de lado la imposición de las creencias familiares, sociales, mediáticas y ¡jugar! Probar, intentar, ensayar, escoger basadas en nuestro gusto y nuestra intuición, ignorar las objeciones y los peros, mezclar hasta lo que parezca descabellado, confiar en el error, confiar en los hallazgos, ¡confiar en una misma! Atrevernos a ser bellas y plenas más allá de los estereotipos y los cánones de la época, jugar mucho, jugar más y seguir jugando, vestirse para una, ¡vestirse como se te de la gana!

Una buena manera de empezar: pon tu música favorita, abre tu closet de par en par, saca absolutamente todo lo que hay dentro, ponlo sobre la cama y empieza a probar nuevas combinaciones y formas de usar lo que ya tienes. ¡Sin restricciones! Eso que nunca se te hubiera ocurrido antes ¡seguro te queda fantástico! Olvida todo lo que sabes o te han dicho de lo que debe y no hacerse en materia de moda y déjate guiar por la intuición. Te divertirás mucho y le sacarás el máximo provecho a tu guardarropas.

La única prohibición: decirte cosas del tipo esto me hace ver muy vieja, con esto parezco más gorda o esto otro me saca la lonja.

Si quieres toneladas de inspiración sobre el estilo personal único y profundo, que sustenta toda una filosofía de vida, no dejes de ver el documental sobre la maravillosa Iris Apfel que dirigió Albert Maysles. Porque como ella misma dijo: “Es mejor ser feliz que estar bien vestida”.

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10 thoughts on “MONONA, o la reivindicación de la femineidad en tiempos del pantalón

  • Reply Gabriela Figueroa 8 noviembre, 2016 at 12:23 pm

    Definir lo que pensé al leerte no lo puedo hacer, pero lo intento. Has tocado un punto que me parece magnífico: Nuestra propia masculinización.
    A veces, en el afán de entrar en el nuevo canon progresista estamos renunciando a ciertas cosas de la vida.
    Yo muchos años he cargado esa idea de “las faldas no me van, son demasiado femeninas” pero caray ¡Soy mujer! Claro que tengo algo de femenino esencial en mí.
    Renuncié a ponerme faldas y vestidos porque “no me iban” y los pantalones sí, pero muy en el fondo, con melancolía quería probármelas, salir con ellas y sentirme lo más fémina posible ¡Que pecado no es! Pero mi generación (la milennial) trae un rollo diferente, basta con ver memes donde simplemente por ser femenina eres “superficial, boba, vacía” y no es más que el reflejo de una sociedad casada con ideas extremas (en todas las épocas)
    Voy a recuperar eso y a aprender de ti para ponerme las faldas que me hagan sentir más bonita 🙂 ¡Es una sensación genial! Solo que aún no encuentro mi estilo de vestimenta, pero voy voy. MARAVILLOSO POST!

    • Reply Marina Boido 8 noviembre, 2016 at 7:20 pm

      Gaby! Gracias por tu comentario! Prueba lo de abrir el closet y alocarte mezclando, verás que buenas cosas descubres con lo que ya posees! Y me cuentas 🙂 Abrazo!!

  • Reply Lou Lou 8 noviembre, 2016 at 12:40 pm

    Muchas gracias Marina,
    Estoy en pleno proceso de identidad en el vestir, sé que lo que tengo no es lo mío porque cambié, ya no quiero estar oculta en esa ropa que no me dejaba mostrar mi feminidad, mi sensualidad, mi yo…
    tus palabras me alientan, me recuerdan una vez más quién soy y hacia donde camino.
    Amo ser mujer.
    Un abrazo

    • Reply Marina Boido 8 noviembre, 2016 at 7:22 pm

      Gracias Lou Lou! Me da un gusto indescriptible servir de aliento para alguien!! Abrazo!

  • Reply Rocio Casas 8 noviembre, 2016 at 1:35 pm

    ¡Gracias Marina! Un post totalmente reflexivo. Estoy teniendo una lucha con mi imagen hace tiempo y me ha venido genial. Hace años solo usaba faldas y vestidos, era lo más femenina que te puedas imaginar. ¿Dónde perdí ese gusto? En la sociedad, sus ritmos, sus prisas; querer sentirme cómoda, moderna y al final fui perdiendo mi esencia. ¡Besiños hermosa!

    • Reply Marina Boido 8 noviembre, 2016 at 7:22 pm

      Gracias a ti Rocío!!!! Besos!

  • Reply Mónica Garzón Ruiz 8 noviembre, 2016 at 4:11 pm

    Mi querida Monona, Marina!

    Las cosas buenas de la vida se hacen lentamente. Se que me entiendes. Y tu con tu talento lo estás demostrando. Me me he vuelto a enamorar de lo que haces y del sentido que le das a todo tu proceso de construcción.

    Te leo y seguiré leyéndote y el día que me de la vuelta por tu casa, no podré irme sin una de tus prendas.

    Un abrazo enorme y felicidades nuevamente por tan hermosa escritura que nos has regalado.

    Mónica.

    • Reply Marina Boido 8 noviembre, 2016 at 7:23 pm

      Mónica querida!! Qué hermoso leerte! Claro que te entiendo 🙂 Abrazo enorme de regreso!!

  • Reply Gabriela Castelo 9 noviembre, 2016 at 6:32 am

    Que lindo como lo cuentas!!

    Yo tengo sin mentir la pura verdad, más de 15 años que no uso falda, me metí en un pantalón y no me lo que quitado desde entonces, eso si, de todos los estampados que te imagines, hace unos años, intente volver a ponerme falda, pero la verdad me sentí como una carpa de circo.

    Pero después de leerte y de tomar muy en cuenta lo que dices de revivir la femineidad, igual y me animo!!!! muchas gracias por tu reflexión, un beso!

    • Reply Monona 9 noviembre, 2016 at 8:48 am

      Anímate!! Besos 🙂

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